jueves, 16 de diciembre de 2010

El temido número 7

Y si, son las 21:48, mañana tengo examen de Derecho y sentada frente a mi computadora, me doy cuenta de que a la final y tal vez no quiero ser una superestrella que brille y deslumbre a los demás (lo que generalmente todos buscan en últimas instancias). Tengo los 6 postings que se pidieron, con los criterios que se solicitaron, pero aún así no se si me basta por hoy. Contrario a lo que yo misma podría pensar en otras circunstancias, no quiero parar de escribir. Nunca lo había hecho, sino sólo para mi misma, papeles contenidos de impulsos que luego fueron quemados, triturados, mojados o rotos en aras de negarme a mí misma la sensibilidad que me parece que nos debilita tanto como seres humanos. Pero hoy, creo que poco me importa reconocerme vulnerable ante lo que me rodea, prefiero saberme conocedora de mi realidad (o lo que creo que ésta es) y reaccionar de alguna forma.

Si bien este “no blog” no podría clasificarse como un arma política o filosófica, dice la verdad, y la verdad me es suficiente por ahora; especialmente en la actualidad en la que disfrazarse es lo más común y peor aún, lo más requerido. Nadie nos busca exactamente por lo que somos, por ese bagaje de defectos e imperfecciones que en últimas nos hace humanos. No. Generalmente la sociedad competitiva y globalizada en la que vivimos demanda de nosotros “lo mejor”. Y lo aceptamos. Queremos serlo. Nos morimos por personificar a este arquetipo de la persona “realizada”. Porque la persona que no quiera “triunfar en la vida” se considera totalmente desubicada e incluso loca. Todos quieren algo de todos, todos quieren ser lo mejor, todos quieren el reconocimiento, se quiere se quiere se quiere, SIEMPRE se quiere algo. Y esta  vacuidad me hace pensar acerca de nuestro propósito como especie, si en realidad estamos aquí para hacer algo mejor del mundo o si simplemente pertenecemos a este juego de consumo-dominó, que algún día caerá por su propio peso.

Y creo que eso es lo que me ha permitido este espacio. De alguna manera gritar lo que si dices “en vivo”, sería considerado como destornillado. A veces recuerdo cómo desde que era muy pequeña, soñaba con que la gente que caminaba a mi lado en la calle, rompa con la monotonía repentinamente y cante, salte, grite, como en un musical. Nunca pasó. En cierto sentido, creo que este efecto de catarsis que se siente al escribir, consiste en un rush de adrenalina que dura 0.5 segundos y que se va, como una estrella fugaz, dejándonos con el sabor de sabernos vivos y el sinsabor de no poder estarlo, no tanto como quisiéramos.

Y si, este es el temido número 7, el mío. El que no se lo cuentas a tus papás  y a tu familia porque de repente piensan que estás demente, a tus  profesores porque tal vez y se asustan del monstrito que crearon, a tus amigos, porque mientras están en esta afanada carrera por “triunfar en la vida y ser exitosos”  a la final y ni entienden semejantes locuras que se te vienen a la mente mientras deberías estar estudiando. Pero así como todo acaba, repentinamente, toca a mi puerta la realidad y me doy cuenta de que en 2 minutos son las 22:00. Tocó estudiar, entonces  me dispongo a contar como si nada hubiese sucedido, voy: 1, 2, 3, 4, 5, 6, 8, 9, 10 y “hasta el infinito y más allá”. 

Destino, existe por favor

Recuerdo de pequeña haber visto con mi padre a un partido de Francia contra otro país cuyo nombre no logro rescatar de las lagunas que se han ido formando en mi memoria con el paso del tiempo. Lo que si tengo claro y siento tangible, tanto como si fuera hoy, es el ambiente que se vivía en el lugar. Había gente vestida de pies a cabeza de azul, blanco y rojo, todos gritaban con pasión ¡Allez la France!, ¡Allez les bleus! y con fervor animaban a su equipo. Nunca podría olvidar la respuesta que dio mi padre cuando a mis 6 años, le pregunté ¿por qué hacían todo esto? ¿Están locos? El me contestó: “Es su patria, simplemente la sienten correr por sus venas y lo gritan hijita”.

En fin, no quise ahondar ni indagar más acerca de esta gente, a mi parecer, loca que desgarraba sus camisetas en nombre de su país. Además, siempre supe que mis padres son muy prácticos y van “al grano” a diferencia de mis constantes, complicados e imaginativos laberintos mentales, por lo que continuar preguntando, necesariamente hubiese sido detenido con un “Por favor Cristinita, veamos en partido en silencio, no te compliques tanto”.

Esta anécdota nunca cobró importancia en mi vida sino hasta hace poco, cuando tocamos el tema del nacionalismo y los hondos sentimientos que puede provocar en los seres humanos. Algunos, lo definen como negativo, como una pasión desmedida e incluso xenofóbica hacia lo propio con un gran desprecio hacia lo extranjero. Por otro lado, otros, lo toman como un elemento positivo que sirve como factor de cohesión entre los individuos que comparten una determinada nacionalidad.

Personalmente, lo que más me llama la atención acerca de este tema, más allá de valoraciones que se queden en si es “bueno” o “malo”, que me parecen demasiado escuetas para determinar un  fenómeno así, es el hecho de cómo la naturaleza del ser humano y su equilibrio pende de un hilo. Sí, ver cómo cuando se apela a lo sensitivo del hombre y éste reacciona como por instinto siempre me ha intrigado mucho.

Creo que a este tipo de reacciones se  les llama también efecto de masa. Éste, consiste básicamente en que cuando hay un grande grupo de personas reunidas, las emociones tienden a contagiarse. En este sentido, la risa, el susto y principalmente, la histeria total. Es así como cuando un político con un discurso nacionalista que apela a subjetivo de nuestra existencia convence a una masa, tenemos como resultado a todo un grupo de personas que, enardecidas e inflamadas de pasión por su patria, grita y jura defenderla hasta la muerte.

Supongo que esto es lo que observé ese día del partido; miles de personas que, luego de pertenecer a una nación determinada durante un determinado período de tiempo, han sido “entrenadas” en el sentido en que el estado mismo, a través de la educación ha implantado en ellos la semilla de amor por el estado y por lo tanto saltaban fervorosamente alentando a su equipo. Esto me llevó a preguntarme: ¿Será sincero, verdadero todo ese amor por la patria? O ¿Simplemente nos enseñaron a hacerlo? Acaso, si hubiésemos nacido en China, ¿no estuviésemos coreando su himno con la misma pasión?

En fin, creo que todo es relativo y las cosas se dan en la vida dependiendo de las condiciones, el contexto y las personas que nos rodean. Me gusta creer en el destino, pero cada vez más tengo pruebas de que simplemente las cosas pasan y se desencadenan como consecuencia de lo que se dio antes, porque las condiciones apoyaron a que sucediera y no “porque estaba para darse” o “porque el destino quería que así fuera”. Esto me lleva a preguntarme si yo soy yo o soy un resultado de lo que mi sociedad y mi contexto hicieron de mí. Y si esto es verdad, entonces la sociedad de la que tanto me he quejado, esa sociedad consumista y monótona fue la artesana que me moldeó. Destino, existe por favor.