domingo, 27 de febrero de 2011

Misterio

Y son miradas las que se cruzan. Son encuentros tan escasos, pero tan significantes a la vez. Ella no sabe si es locura o si eso que siente y que va desde la punta de su cabeza hasta el final de su espina dorsal tiene lugar en el universo. Para cualquier espectador, el hecho de que dos personas se encuentren y se saluden con un simple ademán de mano es extremadamente corriente. Pero ella sabe que es más. Tiene que ser más.

No está loca, de hecho tiene una serie de pruebas que fehacientemente certifican que persona más cuerda,  no puede existir en el mundo real. Si es que acaso es el real en el que vivimos. En fin. Él la mira y ella pierde el aliento.  Todo. Por dos segundos, dulces y tormentosos a la vez: no respira. Nada parecido a esas telenovelas de bajo presupuesto que exageran los movimientos y trivializan hasta la más sublime de las expresiones. No, ella pierde verdaderamente el aliento y la capacidad de hacer el más mínimo movimiento corporal. ¿Y él? Ella no sabe de él. Ni siquiera sabe si el él que vive en su cabeza y en su corazón coincide con el conjunto de células, el esqueleto, el ser viviente que la está mirando. Pero así como una simple imagen puede convertirse en un símbolo y adquirir una serie de significados, es él el símbolo de misterio para ella.

Una vez se hablaron. Durante un período de tiempo relativamente corto. Una reunión aparentemente sin importancia, planeada por un destino que siempre hace trampa. La niña de los sueños, la llamó. Y desde ese día no ha parado de hacerlo, incluso cuando está despierta. Tal vez porque quiere hacerle honor al calificativo, tal vez porque simplemente la descifró como nadie antes lo había hecho. 


La imagen de sus ojos pardos y brillantes clavados en ella, se quedó atascada en su mente. Como quien accidentalmente elige una rosa de separador de páginas y luego de años con éste se da cuenta de que no lo quiere cambiar porque se volvió parte suya. Así se quedó él en ella. Como un puñal que no lastima, pero que deja cicatrices. El destello de su mirada sobre su rostro le bastó para saber que era él a quien quería amar.

Pero también es frío. Su mirada llega a ser tan vacía que la confunde. Y lo sigue. Y lo sigue. Intenta seguir este hilo de pensamientos que según ella pasan por su cabeza; porque espera, porque quiere creer que él es este ser increíble que ella cree que es. Si no lo fuera, no sería su culpa realmente; pasaría a ser un capítulo más de su libro de desconciertos amorosos. Se siente una vieja de ochenta y tantos años, atrapada en el cuerpo de una joven de 18. Busca el amor con tantas ansias, que no sabe si en realidad vive lo que vive, o anhela tanto que lo aniquila todo en el proceso. ¿Qué es amar? ¿Acaso lo está sintiendo? ¿Lo sintió? ¿Lo sentirá alguna vez?

Y, ¿no había ya pasado esto? ¿No era ella este ser enamoradizo que con el viento guiaba sus pasiones? No. Esta vez era diferente. Sus antiguas ilusiones son mera bruma comparadas a lo que siente ahora. Son nada comparadas a la sensación que causa el velo de incógnita que lo cubre, en contacto con la ingenuidad y ganas de descubrir el mundo que se da dentro de su cabeza. Y es que él no es un conquistador experimentado que todo lo sabe y todo lo dice. Al contrario. Él se define en el silencio. Él habla con sus ojos. Él grita con su murmullo. Y ella no hace más que esperar a la sombra de lo que a veces parece indiferencia y a veces interés, del nunca y del quizás, de lo lúgubre que lo inviste y de la luz que la llena.

A veces no sabe si esto de ser o no ser loca es realmente lo que definen los demás. En fin, no es tan difícil engañarlos a todos y pretender ser un zombie más. Nunca lo fue. Una no-zombie en un mundo de zombies, uno más, uno menos. ¿Qué más da? No lo notarían. No sabrían que tras libros de matemáticas, política y finanzas se esconde una declaración, que si bien no sabe si es de amor o de locura, una declaración es.  


Todo esto pasa por su mente mientras Misterio cruza la sala y le quita el aliento con un aparente desinterés, sin la mínima noción de que su simple mirada detiene el mundo para ella. Él mueve rápidamente su mano, de izquierda a derecha, como señal de saludo al tiempo que se dirige a uno de los cubículos más alejados de la sala. Misterio se esconde bajo un pilo de libros muy parecido al suyo, y en su corazón sólo queda la esperanza de que  tras esa muralla de hojas y hojas de conocimiento procesado y elegido para zombies en proceso de creación, realmente se esconda un corazón que ama, que grita de locura también.