domingo, 27 de febrero de 2011

Misterio

Y son miradas las que se cruzan. Son encuentros tan escasos, pero tan significantes a la vez. Ella no sabe si es locura o si eso que siente y que va desde la punta de su cabeza hasta el final de su espina dorsal tiene lugar en el universo. Para cualquier espectador, el hecho de que dos personas se encuentren y se saluden con un simple ademán de mano es extremadamente corriente. Pero ella sabe que es más. Tiene que ser más.

No está loca, de hecho tiene una serie de pruebas que fehacientemente certifican que persona más cuerda,  no puede existir en el mundo real. Si es que acaso es el real en el que vivimos. En fin. Él la mira y ella pierde el aliento.  Todo. Por dos segundos, dulces y tormentosos a la vez: no respira. Nada parecido a esas telenovelas de bajo presupuesto que exageran los movimientos y trivializan hasta la más sublime de las expresiones. No, ella pierde verdaderamente el aliento y la capacidad de hacer el más mínimo movimiento corporal. ¿Y él? Ella no sabe de él. Ni siquiera sabe si el él que vive en su cabeza y en su corazón coincide con el conjunto de células, el esqueleto, el ser viviente que la está mirando. Pero así como una simple imagen puede convertirse en un símbolo y adquirir una serie de significados, es él el símbolo de misterio para ella.

Una vez se hablaron. Durante un período de tiempo relativamente corto. Una reunión aparentemente sin importancia, planeada por un destino que siempre hace trampa. La niña de los sueños, la llamó. Y desde ese día no ha parado de hacerlo, incluso cuando está despierta. Tal vez porque quiere hacerle honor al calificativo, tal vez porque simplemente la descifró como nadie antes lo había hecho. 


La imagen de sus ojos pardos y brillantes clavados en ella, se quedó atascada en su mente. Como quien accidentalmente elige una rosa de separador de páginas y luego de años con éste se da cuenta de que no lo quiere cambiar porque se volvió parte suya. Así se quedó él en ella. Como un puñal que no lastima, pero que deja cicatrices. El destello de su mirada sobre su rostro le bastó para saber que era él a quien quería amar.

Pero también es frío. Su mirada llega a ser tan vacía que la confunde. Y lo sigue. Y lo sigue. Intenta seguir este hilo de pensamientos que según ella pasan por su cabeza; porque espera, porque quiere creer que él es este ser increíble que ella cree que es. Si no lo fuera, no sería su culpa realmente; pasaría a ser un capítulo más de su libro de desconciertos amorosos. Se siente una vieja de ochenta y tantos años, atrapada en el cuerpo de una joven de 18. Busca el amor con tantas ansias, que no sabe si en realidad vive lo que vive, o anhela tanto que lo aniquila todo en el proceso. ¿Qué es amar? ¿Acaso lo está sintiendo? ¿Lo sintió? ¿Lo sentirá alguna vez?

Y, ¿no había ya pasado esto? ¿No era ella este ser enamoradizo que con el viento guiaba sus pasiones? No. Esta vez era diferente. Sus antiguas ilusiones son mera bruma comparadas a lo que siente ahora. Son nada comparadas a la sensación que causa el velo de incógnita que lo cubre, en contacto con la ingenuidad y ganas de descubrir el mundo que se da dentro de su cabeza. Y es que él no es un conquistador experimentado que todo lo sabe y todo lo dice. Al contrario. Él se define en el silencio. Él habla con sus ojos. Él grita con su murmullo. Y ella no hace más que esperar a la sombra de lo que a veces parece indiferencia y a veces interés, del nunca y del quizás, de lo lúgubre que lo inviste y de la luz que la llena.

A veces no sabe si esto de ser o no ser loca es realmente lo que definen los demás. En fin, no es tan difícil engañarlos a todos y pretender ser un zombie más. Nunca lo fue. Una no-zombie en un mundo de zombies, uno más, uno menos. ¿Qué más da? No lo notarían. No sabrían que tras libros de matemáticas, política y finanzas se esconde una declaración, que si bien no sabe si es de amor o de locura, una declaración es.  


Todo esto pasa por su mente mientras Misterio cruza la sala y le quita el aliento con un aparente desinterés, sin la mínima noción de que su simple mirada detiene el mundo para ella. Él mueve rápidamente su mano, de izquierda a derecha, como señal de saludo al tiempo que se dirige a uno de los cubículos más alejados de la sala. Misterio se esconde bajo un pilo de libros muy parecido al suyo, y en su corazón sólo queda la esperanza de que  tras esa muralla de hojas y hojas de conocimiento procesado y elegido para zombies en proceso de creación, realmente se esconda un corazón que ama, que grita de locura también. 

jueves, 16 de diciembre de 2010

El temido número 7

Y si, son las 21:48, mañana tengo examen de Derecho y sentada frente a mi computadora, me doy cuenta de que a la final y tal vez no quiero ser una superestrella que brille y deslumbre a los demás (lo que generalmente todos buscan en últimas instancias). Tengo los 6 postings que se pidieron, con los criterios que se solicitaron, pero aún así no se si me basta por hoy. Contrario a lo que yo misma podría pensar en otras circunstancias, no quiero parar de escribir. Nunca lo había hecho, sino sólo para mi misma, papeles contenidos de impulsos que luego fueron quemados, triturados, mojados o rotos en aras de negarme a mí misma la sensibilidad que me parece que nos debilita tanto como seres humanos. Pero hoy, creo que poco me importa reconocerme vulnerable ante lo que me rodea, prefiero saberme conocedora de mi realidad (o lo que creo que ésta es) y reaccionar de alguna forma.

Si bien este “no blog” no podría clasificarse como un arma política o filosófica, dice la verdad, y la verdad me es suficiente por ahora; especialmente en la actualidad en la que disfrazarse es lo más común y peor aún, lo más requerido. Nadie nos busca exactamente por lo que somos, por ese bagaje de defectos e imperfecciones que en últimas nos hace humanos. No. Generalmente la sociedad competitiva y globalizada en la que vivimos demanda de nosotros “lo mejor”. Y lo aceptamos. Queremos serlo. Nos morimos por personificar a este arquetipo de la persona “realizada”. Porque la persona que no quiera “triunfar en la vida” se considera totalmente desubicada e incluso loca. Todos quieren algo de todos, todos quieren ser lo mejor, todos quieren el reconocimiento, se quiere se quiere se quiere, SIEMPRE se quiere algo. Y esta  vacuidad me hace pensar acerca de nuestro propósito como especie, si en realidad estamos aquí para hacer algo mejor del mundo o si simplemente pertenecemos a este juego de consumo-dominó, que algún día caerá por su propio peso.

Y creo que eso es lo que me ha permitido este espacio. De alguna manera gritar lo que si dices “en vivo”, sería considerado como destornillado. A veces recuerdo cómo desde que era muy pequeña, soñaba con que la gente que caminaba a mi lado en la calle, rompa con la monotonía repentinamente y cante, salte, grite, como en un musical. Nunca pasó. En cierto sentido, creo que este efecto de catarsis que se siente al escribir, consiste en un rush de adrenalina que dura 0.5 segundos y que se va, como una estrella fugaz, dejándonos con el sabor de sabernos vivos y el sinsabor de no poder estarlo, no tanto como quisiéramos.

Y si, este es el temido número 7, el mío. El que no se lo cuentas a tus papás  y a tu familia porque de repente piensan que estás demente, a tus  profesores porque tal vez y se asustan del monstrito que crearon, a tus amigos, porque mientras están en esta afanada carrera por “triunfar en la vida y ser exitosos”  a la final y ni entienden semejantes locuras que se te vienen a la mente mientras deberías estar estudiando. Pero así como todo acaba, repentinamente, toca a mi puerta la realidad y me doy cuenta de que en 2 minutos son las 22:00. Tocó estudiar, entonces  me dispongo a contar como si nada hubiese sucedido, voy: 1, 2, 3, 4, 5, 6, 8, 9, 10 y “hasta el infinito y más allá”. 

Destino, existe por favor

Recuerdo de pequeña haber visto con mi padre a un partido de Francia contra otro país cuyo nombre no logro rescatar de las lagunas que se han ido formando en mi memoria con el paso del tiempo. Lo que si tengo claro y siento tangible, tanto como si fuera hoy, es el ambiente que se vivía en el lugar. Había gente vestida de pies a cabeza de azul, blanco y rojo, todos gritaban con pasión ¡Allez la France!, ¡Allez les bleus! y con fervor animaban a su equipo. Nunca podría olvidar la respuesta que dio mi padre cuando a mis 6 años, le pregunté ¿por qué hacían todo esto? ¿Están locos? El me contestó: “Es su patria, simplemente la sienten correr por sus venas y lo gritan hijita”.

En fin, no quise ahondar ni indagar más acerca de esta gente, a mi parecer, loca que desgarraba sus camisetas en nombre de su país. Además, siempre supe que mis padres son muy prácticos y van “al grano” a diferencia de mis constantes, complicados e imaginativos laberintos mentales, por lo que continuar preguntando, necesariamente hubiese sido detenido con un “Por favor Cristinita, veamos en partido en silencio, no te compliques tanto”.

Esta anécdota nunca cobró importancia en mi vida sino hasta hace poco, cuando tocamos el tema del nacionalismo y los hondos sentimientos que puede provocar en los seres humanos. Algunos, lo definen como negativo, como una pasión desmedida e incluso xenofóbica hacia lo propio con un gran desprecio hacia lo extranjero. Por otro lado, otros, lo toman como un elemento positivo que sirve como factor de cohesión entre los individuos que comparten una determinada nacionalidad.

Personalmente, lo que más me llama la atención acerca de este tema, más allá de valoraciones que se queden en si es “bueno” o “malo”, que me parecen demasiado escuetas para determinar un  fenómeno así, es el hecho de cómo la naturaleza del ser humano y su equilibrio pende de un hilo. Sí, ver cómo cuando se apela a lo sensitivo del hombre y éste reacciona como por instinto siempre me ha intrigado mucho.

Creo que a este tipo de reacciones se  les llama también efecto de masa. Éste, consiste básicamente en que cuando hay un grande grupo de personas reunidas, las emociones tienden a contagiarse. En este sentido, la risa, el susto y principalmente, la histeria total. Es así como cuando un político con un discurso nacionalista que apela a subjetivo de nuestra existencia convence a una masa, tenemos como resultado a todo un grupo de personas que, enardecidas e inflamadas de pasión por su patria, grita y jura defenderla hasta la muerte.

Supongo que esto es lo que observé ese día del partido; miles de personas que, luego de pertenecer a una nación determinada durante un determinado período de tiempo, han sido “entrenadas” en el sentido en que el estado mismo, a través de la educación ha implantado en ellos la semilla de amor por el estado y por lo tanto saltaban fervorosamente alentando a su equipo. Esto me llevó a preguntarme: ¿Será sincero, verdadero todo ese amor por la patria? O ¿Simplemente nos enseñaron a hacerlo? Acaso, si hubiésemos nacido en China, ¿no estuviésemos coreando su himno con la misma pasión?

En fin, creo que todo es relativo y las cosas se dan en la vida dependiendo de las condiciones, el contexto y las personas que nos rodean. Me gusta creer en el destino, pero cada vez más tengo pruebas de que simplemente las cosas pasan y se desencadenan como consecuencia de lo que se dio antes, porque las condiciones apoyaron a que sucediera y no “porque estaba para darse” o “porque el destino quería que así fuera”. Esto me lleva a preguntarme si yo soy yo o soy un resultado de lo que mi sociedad y mi contexto hicieron de mí. Y si esto es verdad, entonces la sociedad de la que tanto me he quejado, esa sociedad consumista y monótona fue la artesana que me moldeó. Destino, existe por favor.   

jueves, 11 de noviembre de 2010

El sistema que nos envuelve: ¿Condenados a amar?

Como preámbulo, quisiera establecer que este ensayo lo escribí hace ya algún tiempo para una clase de Literatura en la que tuve la dicha de leer el que es hoy mi libro favorito 1984, la novela de ficción distópica escrita por George Orwell. En fin, probablemente no se desprende de forma directa de los temas acerca de los que estamos hablando en Ser y Cosmos, pero tiene mucho que ver con la naturaleza humana, algo que siempre mueve muchas tuercas de mi sistema, y mover todo ese engranaje que a veces dejamos oxidar con la cotidianidad y su superficialidad, siempre me parece una buena idea. Por lo tanto le agregué, le quité algunos elementos y aquí está.

Vivir en sociedad es y siempre ha sido una contradicción para el ser humano; no podemos vivir con los otros, pero tampoco sin ellos.  Desde el mismo instante en que nacemos, nos encontramos en una constante interacción con nosotros mismos y con un entorno que nos rodea. De esta manera, las civilizaciones, filosofías y formas de gobierno han sido desarrolladas con el único fin de lograr un balance en la convivencia de los seres humanos. En efecto, surge “el sistema”, por medio de cual se manejan las sociedad en la posmodernidad; un mecanismo omnipotente y acaparador de la vida humana frente al que todo ideal de cambio y rebeldía perece.

Para no vivir en medio de un temido anarquismo, las sociedades desarrollan jerarquías y leyes, órdenes que rigen el funcionamiento de naciones. Generalmente, las personas aceptan la aplicación de determinados mecanismos de control a sus vidas y confían su bienestar a altos mandos que aseguran su paz y tranquilidad. El conflicto surge en el momento en que los mecanismos exceden límites y más aún, cuando intereses personales de gobernantes son beneficiados antes que los de la mayoría. De esta manera, siempre existen individuos que reaccionan diferente ante el control y que muchas veces ven “más allá” del discurso que se presenta como realidad y exigen claridad y libertad.

Un acontecimiento que refleja esta necesidad de rebelión contra el sistema, son los sucesos de mayo de 1968. El llamado “mayo francés” consistió en una serie de revueltas protagonizadas por estudiantes universitarios franceses quienes apoyados por el Partido Comunista Francés y los sindicatos de trabajadores, fueron a las calles a protestar. Era la primera vez que los estudiantes tomaban la palabra en la acción social, política y económica. La policía trató de reprimir estos brotes revolucionarios, pero más de 600.000 protestantes superaron el número de uniformados en las diversas protestas, por lo que, aunque hubo diversos enfrentamientos y abusos por parte de los agentes policiales, se vieron obligados a retroceder ante las masas de jóvenes.

Pero, ¿qué buscaban cambiar eso jóvenes con tanto fervor? De acuerdo con un artículo escrito por un universitario chileno, Andrés Moreira, referente a los años 60 y a los sucesos del `Mayo francés`, el carácter de la protesta fue una reacción, una respuesta de hastió ante un sistema social en que se encontraban sumidos: 

“…fue contra el sistema completo, contra el establishment, contra la sociedad tal como se conocía. No importaba que hubiesen más y más televisores, ni que ahora se votara por De Gaulle en lugar de besar las botas nazis: lo que se criticaba era la sociedad occidental en sus fundamentos, en sus estructuras básicas. (…) Se buscaba "transformar la sociedad", como hubiese querido Marx, pero también "cambiar la vida", como lo pidiera Rimbaud. La transformación profunda de la vida cotidiana era una exigencia tanto o más importante que la igualdad social. "Mis deseos son la realidad": la libertad por sobre todo. Rehacer la sociedad, utilizando la tecnología para crear un mundo definitivamente mejor, eliminando toda forma de autoritarismo, desde los exámenes universitarios hasta la presidencia de la República.” (www.dim.uchile.cl, "Cambiar la vida, transformar la sociedad", Andrés Moreira)
Es notable, que los jóvenes estaban cansados de “el sistema”, del gran mecanismo de control que engloba a todos y que establece, rige, ordena y de alguna manera homogeniza al ser humano, privándole sus libertades más intrínsecas a cambio de una la certeza de que vivirá hasta viejo, tendrá un seguro social para sobrevivir y morirá al lado de otros “buenos ciudadanos” que harán lo mismo que él. Aunque la protesta también incluyó temas como Vietnam, los salarios bajos que ofrecían las fábricas, el sistema educacional francés, todo esto con resaltado tono anarquista, había de trasfondo la mayor utopía de todas: cambiar la forma de ver y vivir la vida.

A partir de todos estos ideales, miles de universitarios marcharon por las calles de París, en busca de que sus ideales utópicos se llevaran a cabo. Gritando eslóganes como: “Interdit d'interdire” (prohibido prohibir), “Pas de replâtrage, la structure est pourrie” (No le pongas parches, la estructura está podrida), “Cours, camarade, le vieux monde est derrière toi ! “(Corre, camarada, el viejo mundo está detrás de ti) o “L'humanité ne sera heureuse que le jour où le dernier bureaucrate aura été pendu avec les tripes du dernier capitaliste“
(La humanidad no será feliz hasta el día que el último burócrata sea ahorcado con las tripas del último capitalista), todos expresan un tinte de descontento ante los ejes tradicionales de control económico, político y social, una fuerte protesta y sed de cambio. (Fuente de los eslóganes: wikipedia.com)
 Sin embargo, el gobierno, con Charles de Gaulle (presidente) a la cabeza,  reacciona enérgicamente con la ayuda del ejército. Como respuesta, disuelve la Asamblea Nacional y llama a elecciones. Entes gubernamentales y privados conceden a los trabajadores (gran apoyo de los universitarios), mejoras salariales, por lo que estos vuelven al trabajo. Con la llegada de las vacaciones,  el movimiento estudiantil perdió convocatoria. Para la fecha en que las elecciones se llevaron a cabo,  el mayor número de votantes le da su  apoyo al gobierno. Esto, desde el punto de vista de Moreira significó únicamente que,  “la mayoría se la jugó por la estabilidad”. Este suceso plasma claramente el sacrificio de la libertad por la seguridad, la certeza de saber que moriremos “tranquilos” y estables, controlados y manipulados, pero estables; la manera en la que “el sistema” todo lo controla y todo lo puede, es omnisciente y omnipotente, sus entes sirven para llegar y controlar  todas las esferas de la escala social.

Esta problemática se ve reflejada en el libro 1984, escrito por George Orwell. En1984, encontramos una sociedad sumida en el control. Los grupos sociales existentes se pueden dividir entre los proles y los miembros del Partido (Ingsoc). Los miembros del Partido pueden ser a su vez clasificados entre miembros del Partido Interior y Exterior. Los pertenecientes al Partido Interior son los altos mandos, esos a los que ni siquiera se les conoce y que manejan el esqueleto del Partido. Los miembros del Partido Exterior por el contrario, son los que siguen los estatutos establecidos por este, trabajan en las instituciones del Partido, sus hijos son criados por el Partido y su vida básicamente gira en torno de lo que el Partido ordena y establece como necesario.

 Por otro lado están los proles, que constituyen el 85% por ciento de la población de Oceanía (lugar donde se desarrolla el conflicto) y eran “masas abandonadas” a su suerte. Estas personas, conformaban el estrato social más bajo de la sociedad de Oceanía y se los consideraba a la par con los animales; por esto, no se trataba de adoctrinarlos con la ideología de partido, sólo mantenerlos bajo control, cosa que no resultaba difícil ya que su vida se centraba en el crecimiento, el matrimonio, la procreación y la muerte, todo esto en una ambiente de minucias donde las grandes ideas no tenían cabida, no representaban ningún tipo de amenaza al Partido.

La sociedad  del libro es una sociedad totalmente controlada por los diferentes mecanismos de control establecidos por el Ingsoc. Hay telepantallas que vigilan todas las actividades de las personas día y noche, los niños son entrenados con la ideología del Partido desde que nacen y la siguen con todo su corazón, hay Ministerios que se encargan de hacer que las verdades que el Partido y sus jefes dicen que son verdades parezcan verdades y su imagen y eje principal, el “Gran Hermano” está en todas partes, recordándole a los ciudadanos de Oceanía que los vigila. Es necesario tomar en cuenta que el peor crimen que se puede cometer  en esta sociedad es el crimental, es decir, simplemente pensar en contra de la ideología del Partido; todo esfuerzo, todo sentimiento, toda pasión tiene que estar dirigida hacia este y hacia su eje, El Gran Hermano.

“Con este fondo se puede deducir la estructura general de la sociedad de Oceanía.  En el vértice de la pirámide está el Gran Hermano.  Este es infalible y todopoderoso.  Todo triunfo, todo descubrimiento científico, toda sabiduría, toda felicidad, toda virtud, se considera que procede directamente de su inspiración y de su poder.  Nadie ha visto nunca al Gran Hermano.  Es una cara en los carteles, una vez en la telepantalla.  Podemos estar seguros de que nunca morirá y no hay manera de saber cuándo nació.  El gran Hermano es la concreción con que el Partido se presenta al mundo.  Su función es actuar como punto de mira para todo amor, miedo o respeto, emociones que se sienten con mucha mayor facilidad hacia un individuo que hacia una organización.” (Libro 1984, George Orwell, 1949)

Como lo expresa esta cita, el Gran Hermano era el centro de esta sociedad para él, hacia él y desde la perspectiva de él (tras de esta él se engloban todo el poder del Partido, el Gran Hermano siempre había existido y siempre existiría). El Partido personifica sus ideales en esta imagen para de esta manera lograr sus objetivos,

“Las dos finalidades del Partido son conquistar toda la superficie de la tierra y extinguir de una vez para siempre la posibilidad de toda libertad de pensamiento” (Libro 1984, George Orwell, 1949)

Es decir, buscaba tener el control total de toda la población, poseer su humanidad, ya que, por medio de sus mecanismos de control, se despoja al ser humano de su “ser” y deja en reemplazo a un androide fanático por los ideales del Ingsoc, ideales que cambiarán con los años, como todas las verdades, pero su fanatismo y única pasión, nunca.

En medio de este sistema, se nos presenta a Winston Smith,  un aparentemente “buen ciudadano”, que trabaja en el Ministerio de la Verdad, acomodando nuevas verdades, borrando discursos, reescribiendo textos, con el único fin de que todo encaje con la verdad general de Gran Hermano. Este hombre, aunque muestra como superficie la misma superficialidad de los demás miembros del Partido Exterior, personificaría a lo que en el ejemplo del `Mayo francés` fueron los estudiantes universitarios, la resistencia al sistema.

Su curiosidad se desarrolla a lo largo de la historia, primero con la idea de comunicarse con un futuro por medio de la escritura de un diario, luego con un amorío (tener pasiones hacia otro que no sea el Partido era un crimen) con Julia, otra partidaria, y por último con el fervor que siente por pertenecer a “La Hermandad”, una supuesta organización secreta que busca el fin del sistema del Ingsoc. Esto se expresa en la frase “La libertad es poder decir que dos más dos son cuatro”, que Winston escribió en su diario. Por medio de ella, quiere decir que el verdadero sentido de ser un ser humano es ser libre, tener convicciones, verdades, conocimientos en vez de ignorancias.

Este hombre, poco a poco se va rebelando, no como los rebeldes franceses, por medio de revueltas y protestas, sino que experimenta una rebelión mental, en la que se reconoce a sí mismo y a la sociedad en la que vive, para luego buscar una rebelión mayor, y exigir la verdad. Pero, una vez más es un hombre. Son un grupo de jóvenes. Nada más. El sistema es más grande que ellos, porque el sistema no son personas, el sistema es corrupción, son entretejidos políticos, son complejos entes burocráticos por medio de los cuáles la sociedad funciona, y por lo tanto no se derrumba, es una célula en contante multiplicación que con sólo estirar sus tentáculos lo tiene todo bajo control. En la historia, Winston es apresado y luego de torturas y un largo proceso en el que se evidencia que en ningún mínimo momento tuvo control alguno, que el Partido siempre lo supo todo, termina amando al Gran Hermano como a sí mismo, termina alienándose a eso que más odiaba. En la vida real, luego de los suceso del 68, los estudiantes fueron acallados y los gobernantes lograron restablecer el “control y la tranquilidad”, su “control y tranquilidad”.

Ante el sistema, todo ideal de cambio perece, porque en sus bases, eso es el sistema, una atadura a una determinada  forma de funcionamiento, buena o mala, pero que funcione y haga funcionar a las masas. El sistema está hecho para controlar y medir, para saber y no decir, por eso los ideales de cambio perecen ante él, por eso como seres humanos nos vemos condenamos a acostumbrarnos a “amar al sistema” así como obligaron a Winston a “amar al Gran Hermano”.

viernes, 8 de octubre de 2010

La sombra


A propósito de la historia, el olvido, la vergüenza, Nietzsche, Gorgias, Sócrates y todo lo que englobe lo que he visto en estas últimas semanas de clases, sólo y específicamente de esos temas, sinceramente, no tengo nada que decir. En lo absoluto.

La verdad quisiera escribir sobre temas tan efímeros… Temas que a veces pasan por mi mente pero les quito la “facultad de merecimiento”. Esta facultad, creada por mi misma, consiste en: bloquear lo que “no me sirve” y  sólo darle paso a lo “fructuoso”; pensamientos con fines definidos o más claro: lo seguro. Pero hoy, simplemente hoy, esas ideas super fundamentadas y filosóficas me cogieron de malas. Hoy quiero pensar en eso que generalmente desecho, en eso que también forma parte de mí, pero no es necesariamente lo mejor o lo más “apto para todo público”, sino  un yo un poco más expuesto, un yo vulnerable que por alguna u otra razón, termina siendo desestimado por mí misma.

Por ejemplo… ¿Qué onda con el amor? Siempre he tendido a ser no mucho, sino SUPER idealista, cosa que no tiene gran cabida en la sociedad actual. Aún no descubro si es algo positivo o negativo esto de ser así, esto de crear todo un imaginario alrededor de la realidad que en serio está pasando.
Por un lado se podría entender como un cierto optimismo, pero por otro… ¿no es acaso una cierta forma de masoquismo? Digo, si en serio no está pasando… ¿Cuál es el punto de armar castillos en el cielo y tener una idea del amor como total entrega, en la que dejas de importar en gran parte tú para darle paso a esa persona que amas? ¿Por qué pensar que, de hecho,  sí es posible llegar a amar  y confiar completamente en alguien? ¿Por qué hacerlo si en serio en serio, según muchos,  “amor” no es más que reacciones químicas, necesidades biológicas que nos llevan a individuos totalmente reemplazables; que no se trata de sentir, vibrar o estremecerse con este estruendo  que sientes en todo tu cuerpo cuando ves a ESA persona, sino de simplemente ir con la marea de las relaciones humanas?

Hace poco hablaba un amigo, de quien no se debe desestimar ninguna opinión o punto de vista, y me explicaba cómo el pensaba que las relaciones, una vez que llegan a un punto, luego de varios años de convivencia, no son más que algo consuetudinario como dormir, comer o bañarse todas las mañanas. Me decía que eran algo así como las líneas de tendencia: comienzas en un punto apasionante en el que esta persona con la que estás lo es todo, pero que con el pasar del tiempo, la persona se va haciendo más “real” y lo que queda de todo ese cúmulo de pasión que sentiste alguna vez, no es más que un común acuerdo y costumbre de vivir juntos.  Lo más interesante del asunto, es que al final de toda esta explicación, me dijo que aunque él sabe cuál es la verdad, le gusta que el mundo crea en esta idea fantástica del amor (nótese que me refiero a la fantasía no “fantástico” como  algo bueno) porque si todos estuvieran conscientes, fuera devastador para la gran mayoría que no ve o mejor dicho, no quiere ver lo que pasa en el mundo.

Me toca admitir que definitivamente yo formo parte de esa “gran mayoría” que se miente e insiste obstinadamente en ver al amor como algo extraordinario. Sin embargo, estoy también convencida de que me equivoco al pensar esto y consecuentemente nada pude argumentarle a mi amigo, solamente pude darme mi triste  y poco científica auto-confesión de que una de las cosas que espero haber hecho antes de morir es amar locamente alguna vez... ¿Wacky no?

miércoles, 6 de octubre de 2010

Random...

Y un día me desperté y el mundo había cambiado
Definitivamente ese cuadro azul que me miraba desde el día 1
Desde el otro lado de la habitación seguía ahí
Y el reloj rojo,
Que enloquecía mis noches de insomnio con su tic-tac
No se había movido tampoco
Pero me desperté
Y supe que no era igual

17 años  y 140 días después de que me han repetido
Constantemente la inevitable realidad de mi existir
No existo
O así se sintió el tacto sin contacto que experimenté
Todo lo que me rodeaba
Conforme pasaban los minutos
Todo se desvanecía
Y aparecían ante mis ojos las verdades escondidas
Escondidas detrás de los cuerpos
De cuerpos que disfrazan
La vileza e insignificancia de los que somos humanos

En medio de este caos
Mi despertador suena
Un tintineo me lleva a un segundo despertar
El que ese cuadro azul que me miraba desde el día 1
Desde el otro lado de la habitación seguía ahí
Y el reloj rojo,
Que enloquecía mis noches de insomnio con su tic-tac
No se había movido tampoco
Pero yo
Yo no desperté
Me vi condenada a seguir dormida

domingo, 3 de octubre de 2010

Pintando el presente





"Pared blanca y un niñito" - Fuente: Flickr




No sé si les pasa a veces, pero a pesar de que la verdad forme una de las partes  fundamentales de mi discurso como ser humano, a pesar de que esta sea uno de los valores fundamentales que exijo y que se me ha enseñado a exigir para entablar una relación de cualquier tipo con cualquier persona,  hay veces en que sinceramente siento que esta, como tal, está sobrevalorada.

Y es que, en lo que respecta al campo de desarrollo del ser humano como individuo, ¿Acaso existen las certezas? ¿Las verdades absolutas? ¿Los famosos axiomas, verdades indiscutibles que nadie pueda rebatir? No lo creo. Considero que cada persona mira al mundo de manera independiente, y consecuentemente su realidad, nunca va a poder ser objetivizada de manera que haya “una sola verdad” que englobe a las de una gran masa, siempre existirán versiones y perspectivas, incluso del más simple de los sucesos.

Hay una canción de Grand Corps Malade, que siempre me gustó, se llama Je m’écris. Este compositor y escritor de poesía  eslam francés, llamó a mi  atención debido a que los temas acerca de los que compone son siempre de carácter e impacto social. En esta canción en particular, el artista expresa las razones por las cuales escribe y cómo este arte le da sentido a su vida; no tiene un ritmo pegajoso y al ser eslam, es más como un poema a manera de rap, pero al escucharla por primera vez, distinguí en ella algo que me marcó:

“On est juste des chroniqueurs d'un quotidien en noir et blanc qu'on essaye de mettre en couleur” - 





“Somos sólo cronistas de un cotidiano en negro y blanco, al cual tratamos ponerle color”, y sí, creo que eso es lo que somos, simples cronistas que así como aparecen, también se desvanecen con el tiempo y que, a manera de establecer una añorada permanencia tratan de registrar lo que pasa a su alrededor, marcar una existencia, dejar una huella en este mundo.

Nietzsche en su texto nos habla de cómo el olvido más bien, es una manera saludable de vida para el hombre, ya que sólo mediante este se puede avanzar sin las ataduras del pasado. Sin embargo, creo que de cierta manera, estamos condenados a volver; volver a nuestro inicio, volver a nuestra a esas raíces que de cierta forma nos llevaron al punto en el que estamos ahora…  “Ahora”, qué palabra, a propósito de ella, quisiera decir que debe ser la principal en nuestro banco de palabras de vida. Bien si el pasado puede darnos pautas para lo que viene, es el ahora, y nada más el ahora el que importa, porque lo pasado pasó y lo futuro es incierto, por lo tanto vivir de conjeturas de lo que pasará y con arrepentimiento de lo que fue, no nos llevará a nada más que un profundo estancamiento de nosotros mismos.

Si para Grand Corps Malade somos cronistas, siento que para mí somos más una especie de pintores, que todos los días tienen la oportunidad de pintar un mural en blanco; cada día el cassette se repite y el mural vuelve a ser blanco y con este, regresamos al punto creador; punto que nos permite reinventarnos y en últimas, ser.